jueves, 14 de octubre de 2010

Señor, vengo a traerle la palabra...




Lo confieso: Sí, me comporté como un fundamentalista, durante unos meses me convertí en una especie de pastor pentecostal del "cambio cultural", juré lealtad estricta a los principios verdes y defendí a capa y espada el programa de gobierno de Mockus (aunque muchos no lo crean, el documento sí existió, demoró en ser redactado, fue poco concreto, pero, repito, existió). Poco faltó para que entrara en algún templo de la uribocracia a tumbar imaginería y a recitar de memoria historias de robos de ostias o a predicar la buena nueva de la la sacralidad de los recursos públicos. Pero bueno, no quiero hacer de este articulito una copia de las muy machaconas columnas de Daniel Samper Ospina, sino una reflexión personal (y no tanto política) de mi vida en ese momento.


Hoy, con el tiempo libre que permite la condición de desempleado, puedo reflexionar con tranquilidad sobre los hechos ocurridos. Aunque sé de la ingenuidad de nuestra ambición, y sobre todo, de la candidez del candidato; aunque no desconozca la rotunda derrota electoral, ni valide el olvido en el que nos han sumido la mayoría de los líderes políticos a sus voluntarios y cooperantes, ni mucho menos entregue como cheque en blanco mi personalidad e independencia a las decisiones e intereses de "mis" representantes (que serán mucho mejores que los demás, sí, pero que realmente no me representan) confieso que no me arrepiento de haber creído en la transformación cultural como motor de cambio social, tampoco de haber apoyado de domingo a domingo el proyecto político del profesor Mockus y de la mayoría de sus aliados políticos,

A cuántas cosas renuncié por seguir la campaña: a una mejor preparación de mi tesis, al grado público, a trabajos mejor remunerados, a dedicarle tiempo a mi familia, a las charlas surrealistas sobre emisoras checas con Luismi, a prestar más atención a las desgracias amorosas de tantos y tantos amigos... No espero las gracias de nadie, porque no lo hice por alimentar el ego y justificar los intereses de nadie: Lo hice por pasión, por un sentimiento rarísimo para mí, porque la pasión no es algo recurrente en mí. La creencia en un país mejor, la posibilidad de restauración de los sueños (hoy en día frustrados) permitió volver a enamorarme: no creo que sea causalidad que la relación amorosa más fructífera, estable y respetuosa que haya tenido en mucho tiempo, se desarolle después de todo ésto. Así que si digo que el Partido Verde me unió con Laurita, no miento.

Antes de terminar, eso sí, quisiera pedir perdón a mis amigos no verdes: Qué aburrido habrá sido para mis apreciados amigos Campillo y Tomás, oír mi insistente cacareo todas las noches, aguantarme todos esos mantras mockusianos a diario. Aunque, si lo pienso bien, yo también escucho paciente y recurrentemente a Sir Dowland anunciándome las bondades de abrazar el catolicismo (pero no del moderno luciferino post-concilio vaticano II, sino del "bueno", del de toda la vida!), así que unas por otras. Pensándolo bien, no les pido perdón Campi y Tommy!

domingo, 28 de febrero de 2010

Indignación y dignidad I



En 1968, tropas soviéticas, polacas y húngaras entran en Praga para poner fin al gobierno socialista-moderado de Alexander Dubcek. La "Primavera de Praga" marca un hito en la historia de Europa Central, no únicamente por ser una revolución contra los soviéticos, sino por los métodos de resistencia usados por los checos y eslovacos.

A diferencia de la Revolución Húngara de 1956, en la que los ciudadanos húngaros se armaron no sólo de valor, sino también de fusiles, en la Primavera de Praga, los checos y eslovacos (también los checoslovacos) canalizaron su indignación de una forma diferente: mediante el uso de acciones políticas no violentas.

Las acciones y estrategias de la resistencia checoslovaca no sólo incluían el pacifismo "pasivo" de Gandhi o de Martin Luther King, pues también incluían amargas burlas (al mejor estilo de la Europa Central) a los invasores. Un ejemplo de dichas acciones es la foto del reloj, tomada por Jan Koudelka (foto que pueden ver en la esquina superior izquierda del artículo). Koudelka toma una foto de una de las principales calles de Praga a la hora en la que los soldados del Pacto de Varsovia habían anunciado sus operaciones en la capital checoslovaca. Como vemos en la foto, ningún tanque o soldado aparece a la hora indicada. ¿Qué quiere decir Koudelka con la foto? Que además de imperialista, el Pacto de Varsovia está dirigido por incompetentes incapaces de llegar a la hora pactada para castigar la disidencia.

Milan Kundera cita en La insoportable levedad del ser otro ejemplo de la digna y brillante resistencia checoslovaca: la acción la encabezaron jóvenes estudiantes praguenses, quienes ante la mirada libidinosa de los soldados invasores, decidieron besarse entre ellas.


Karel Kryl, cantante y compositor checo lideró la resistencia desde las artes (puede haber algo más digno que la resistencia mediante el arte?), mediante composición de canciones satíricas al régimen anterior al de Dubcek. Una de sus canciones se llamaba "canción de la ocupación", razón suficiente para la prohibición de sus obras mediante decreto de algún burócrata comunista, quien argumentaba que no había ocupación en Checoslovaquia, sino una restauración del orden. Kryl resolvió cambiar el título de la canción a "Canción de la ocupación, ah! de cuál ocupación?".

A pesar de la brillante dignidad con la que los checoslovacos se enfrentaron al imperialismo, los cañones de los soviéticos y sus aliados derrocaron a Dubcek. Así, los soviéticos retoman el poder, pero pierden (más) su dignidad. Los checoslovacos pierden el poder de decidir sobre los destinos de su país, pero ganan la batalla de dignidad.


Finalizo parafraseando una cita de Kundera (porque no la encuentro tal cual): la desgracia puede tener su lado trascendental porque puede ser una oportunidad para dignificarnos. Cuando la desgracia asoma la cabeza y la indignación no se puede (ni debe) esconder, es el momento de resistir con la dignidad.